Alejandro Ocaña: “Post lux tenebras”

 

Del 22 de diciembre al 2 de marzo de 2024

Inauguración, viernes, 22 de diciembre, 19.30 h.

Abierto: de lunes a sábado, de 17.30 a 20.30 horas, y sábados, además, de 11.30 a 13.30 horas. Festivos cercado.

 

El joven artista Alejandro Ocaña (Vila-real, 1999) es graduado en Bellas Artes por la UPV de Valencia. Su universo creativo puede relacionarse con el concepto de unheimlich o uncanny, muy vigentes en la actualidad creativa contemporánea. En este sentido, a menudo, transita en un espacio entre lo conocido y lo desconocido, entre lo humano y lo que no lo es, generando una sensación de falta de confort en el espectador.

El trabajo de Alejandro Ocaña se ha mostrado ya en numerosos espacios de instalación y acción, entre ellos el IVAM de Valencia. Ha sido becado por la Casa Encendida de Madrid, la Facultad de Bellas Artes de San Carlos y el Festival Excentricités-ISBA, de Besançon. A pesar de su juventud, se trata de un artista de taller que domina las técnicas escultóricas y constructivas, además de haber asumido riesgos en las exposiciones que ha realizado en los últimos años con notable éxito.

 

 

Esta exposición es un viaje a través de la oscuridad. Un recorrido vital que nos abre las puertas a la contemplación de aquello que nos incomoda y que, sin embargo, nos atrae. Porque existe en la monstruosidad de las cosas una fuerza invisible que nos empuja a contemplarlas. Quizás porque los monstruos somos nosotros. Nos reconocemos en la fealdad de aquello que nos rodea y no podemos evitar recrearnos en nuestra propia morbosidad.

A través de un mosaico de cuerpos extraños entramos en una meditación profunda provocada por el exceso y la avaricia. Bocas dentadas con miles de puntas devoran sin fin la multiplicidad de pecados que configuran el vicio de la sociedad. La gula es el elemento central que vertebra este viaje; el pecado que da sentido a las piezas y expresiones que construyen las tinieblas de esta sala.

La mesa central que preside la sala constituye el panorama macabro de un banquete donde el plato principal es el hambre inacabable. Una fiesta sórdida donde la música es la deglución continúa de los estómagos que no tienen fin. Y, presidiendo todo, el color de la bilis y la sangre que pinta y erosiona el paisaje de restos abandonados sobre el mantel. Las manos de los invitados a esta celebración de la oscuridad cogen con uñas puntiagudas todo aquello que tienen al alcance y se insertan en la carne dejando la marca de su vicio.

La brutalidad en la expresión de este viaje es a veces pictórica y de repente se transforma en objeto. El resultado es un espejo que nos vuelve una imagen deforme de nosotros mismos. Una verdad ineludible que se esconde en nuestras entrañas y que nunca sale a la luz, sino que permanece quieta y expectante para expresarse en el menor indicio de oscuridad.